L'esquella de la torratxa

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Las peligrosas víctimas de Franco

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Tienen mucha razón los que dicen, como Juan Luis Cebrián, el rey Felipe o Mariano Rajoy, que darles coba a las víctimas del franquismo “genera conflictos”, “agita viejos rencores” y que “abrir heridas del pasado no conduce a nada”. Verdad, justicia, reparación son palabras buenistas inventadas por organismos pijos como la ONU que no han pasado el trance de ver morir a fusil y acero a sus propios hermanos. Desde la distancia todo se ve fácil y, por lo general, borroso.

No entienden que sería extremadamente peligroso para nuestra joven democracia que gente como Ascensión Mendieta llegara a abrazar los huesos de su padre. Pese a sus 90 años, ha demostrado fuerzas y tozudez suficientes como para coger un avión a Argentina y declarar ante la jueza Servini. Qué no podría hacer si se empeña. Bajo esa apariencia dulce, se esconde uno de esos agentes ‘abreheridas’ que tanto mal harían a nuestra democracia conseguida con lágrimas.

Darle alas a ella y a los que piden cerrar con igualdad este capítulo bien podría agitar rabias que ya considerábamos vacunadas. ¿Volvemos a una guerra civil por un puñado de huesos?  Un nonagenario mosqueado no es cosa menor. Los octogenarios son aún peores porque gozan de mejor salud. 

Cebrián, Rajoy y el rey Felipe quizás no tienen un tío en una cuneta, o sí pero no lo tragaban porque les daba chocolate rancio en las visitas del domingo. En cualquier caso, ellos tienen una visión global y saben lo que le conviene al país, aunque eso no siempre coincida con lo que se merecen sus ciudadanos. 

Ahora les ha dado al PSOE y a Baltasar Garzón por ponerse a sacar personas del Valle de los Caídos. Como apoyo, otro instigador de rencores, el hijo de Manuel Lapeña, 92 años, ha conseguido que un juez ordene abrir la fosa de su padre y su tío en el Valle de los Caídos.

Este disparate judicial se está retrasando por el bien de todos. Hacerlo acabaría con 80 años de paz y nos pondría de una patada en 1936. Porque luego vendrían los otros 12.418 familiares de cadáveres sin identificar allí. Y qué hacemos, ¿los exhumamos y enterramos con dignidad a todos? Eso provocaría una rebelión de los monjes de la abadía benedictina del Valle, llegarían las fundaciones antifranquistas (¿hay?), que se enfrentarían a las franquistas (hay, y han recibido subvención de Aznar) y tendríamos un ejemplo evidente de lo que los expertos han dado en llamar “abrir heridas”. Es mucho mejor dejarlas infectadas y palpitantes. Si duele, a morder almohada.

Dejemos el Valle de los Caídos intacto de símbolos franquistas en el piso de arriba, y mantengamos a sus republicanos represaliados revueltos en el piso de abajo. 

Los familiares caprichosos que se sigan pagando de su bolsillo los análisis forenses. El que no tenga bolsillos, que rece por el cuerpo desvanecido de su madre, al fin y al cabo Dios es etéreo y las almas también. Que los arqueólogos, si quieren, sigan trabajando por amor al arte, nadie les obliga. El Estado no está para financiar hobbies macabros.

Fuera de España se han equivocado todos. La pésima idea del Museo de Holocausto en Berlín y los homenajes y perdones públicos han revitalizado a los nazis e Israel va a declarar la guerra a Merkel. Por la manía de hablar y no dejar las cosas como estaban. La nefasta idea de Néstor Kirchner de pedir perdón puso a Argentina al borde de otra dictadura, ahora de izquierdas. Panamá vive sus horas más miserables tras pedir perdón desde la cárcel el dictador Noriega. Son solo tres pequeños ejemplos de la terrible idea de remover el pasado.

Hay bichas que es mejor no nombrar. Sería muy peligroso que el Estado dijera en un acto simbólico: “Lamentamos el sufrimiento causado a las víctimas de la dictadura, las acompañamos y las vamos a ayudar a que puedan enterrar a sus primos, tíos, madres o hermanos antes de morirse de viejos y de hartazgo”. Sería el inicio de la II Guerra Civil. Dios –o, en su sustitución, Cebrián, Rajoy o el Rey– nos libre.

Fuente: eldiario.es/zonacritica

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Jaume Satorra

Jaume Satorra

El hombre no posee el poder de crear vida. No posee tampoco, por consiguiente, el derecho a destruirla. (Mahatma Gandhi)

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