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Por qué la derrota de ISIS puede llevar a la guerra entre Irán y EEUU

Con las fuerzas estadounidenses atacando a las milicias sirias respaldadas por Teherán, crece el temor de que la creciente participación del Pentágono avive conflictos más violentos. 

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A medida que ISIS sea expulsado de sus bastiones, aumental las posibilidades de que ambas partes luchen por su control. EFE

El mes pasado, Estados Unidos atacó en tres ocasiones a fuerzas sirias respaldadas por Irán, una escalada que preocupa a exaltos cargos y analistas, que creen que podría desencadenarse un conflicto fuera de control.

Los tres incidentes ocurrieron en al Tanf, un lejano puesto de avanzada en el desierto, cerca de la triple frontera entre Siria, Irak y Jordania. Allí, un grupo de 150 soldados estadounidenses dedicado a entrenar a combatientes locales en la lucha contra ISIS fue interceptado por convoyes de milicianos partidarios de Asad. Los militares estadounidenses respondieron con ataques aéreos.

Al parecer, los atacantes eran una mezcla de milicias chiíes iraquíes y sirias, posiblemente acompañadas por su principal patrocinador, la Guardia Revolucionaria de Irán (IRGC, por sus siglas en inglés).

Los militares de EEUU también derribaron un dron de fabricación iraní que había dejado caer una bomba cerca de sus tropas y, por supuesto, la IRGC no se preocupó por esconder sus huellas. El jefe de la fuerza Al Quds, el general Qasem Suleimani, se hizo una foto cerca de allí con las milicias.

La sucesión de incidentes es solo un ejemplo del rumbo de colisión que siguen las agendas políticas de los poderes extranjeros en Siria. Un día después del domingo 11 de junio, cuando un avión estadounidense derribó un caza del régimen sirio,  las fuerzas rusas amenazaron con derribar los aviones de la Coalición liderada por EEUU si volaban al oeste del río Éufrates, en el norte de Siria. Lo mismo ha ocurrido esta semana, después de que EEUU derribase otra aeronave del ejército sirio el domingo 18 de junio.

El trasfondo de todos estos enfrentamientos es el mismo. A medida que los terroristas de ISIS son obligados a salir de sus bastiones, crece la competencia para controlar el territorio que dejan atrás. En el desierto al este de Siria, los que compiten son aliados de Irán y de EEUU, lo que abre la posibilidad de enfrentamientos directos entre las fuerzas militares de los dos países.

Se trata del último foco de conflicto entre Irán y EEUU, en tensión por la guerra que sacude Yemen desde hace dos años y en donde Teherán y Washington apoyan bandos enfrentados, y por el Estrecho de Ormuz. El miércoles pasado, un barco de la Armada iraní se acercó a menos de 800 metros de una flotilla estadounidense que navegaba por el Estrecho. Los iraníes apuntaron sus reflectores contra los buques y su láser contra un helicóptero que los acompañaba, una conducta que varios manos militares de EEUU describieron como poco profesional y peligrosa.

Estos encuentros no son raros en la transitada vía fluvial de Ormuz. Lo que ha cambiado es el contexto. En Washington hay un gobierno nuevo, caótico en muchas cosas pero no en su deseo de menoscabar la hegemonía iraní en la región. Las únicas diferencias de opinión son las referidas al grado de fuerza necesario para lograrlo y el riesgo máximo a asumir.

Los contactos de alto nivel que la Administración de Obama dejó armados entre Washington y Teherán están cortados. En la nueva Casa Blanca, Donald Trump sigue con la ferviente retórica antiraní de su campaña electoral. Para no dejar dudas del apoyo a Riad en su rivalidad con Teherán, su primer viaje al exterior como presidente de los Estados Unidos fue a Arabia Saudí.

Para Trump, la influencia iraní es una amenaza global igual de importante que la de ISIS y la de al Qaeda. Cuando Teherán sufrió un ataque terrorista el 7 de junio, hasta insinuó que el gobierno iraní era el principal responsable. “Subrayamos que los Estados que apoyan al terrorismo se arriesgan a ser víctimas del mismo mal que promueven”, afirmó en un comunicado la Casa Blanca.

Según Trita Parsi, presidente del Consejo Nacional Iraní-Estadounidense, y autor del libro Losing an Enemy: Obama, Iran and the Triumph of Diplomacy(Perdiendo un enemigo: Obama, Irán y el triunfo de la diplomacia), el viaje de Trump a Arabia Saudí y su reclamación de aislamiento total contra Teherán no solo “cerró la puerta para un diálogo multilateral sino que abrió una puerta a una posible guerra contra Irán”. “No hay lugar para el debate sobre este tema. Puede parecer accidental pero si uno sigue el asunto de cerca, es posible ver que se trata de una escalada muy intencionada”.

Trump todavía no ha cumplido con su amenaza de campaña de desmantelar  el acuerdo nuclear que en julio de 2015 Irán firmó con la Administración Obama y otras cinco potencias. Pero sigue menospreciándolo y los congresistas republicanos siguen presionando para sacar nuevas resoluciones que pondrían en peligro la supervivencia del acuerdo.

Según Robert Malley, un antiguo miembro de la Administración Obama que ayudó a sellar ese acuerdo nuclear, “a día de hoy, tres de los lugares más peligrosos del planeta son Yemen, la zona entre el este de Siria y el oeste de Irak y los pasillos del Congreso de EEUU”. “Hasta ahora lo que escucho de parte de los iraníes es que están decididos a mantener la cabeza fría, a no reaccionar exageradamente ante lo que haga EEUU y a demostrar que son ellos los que están cumpliendo el acuerdo en su totalidad. Pero puede ser que en algún momento el líder supremo decida: ‘Vamos a hacer algo’”, añade.

La Administración Trump dice que todavía está analizando la política iraní, pero el secretario de Estado, Rex Tillerson, ya dijo la semana pasada en el Senado que EEUU que “trabajaría para apoyar a aquellas personas dentro de Irán que puedan conducir hacia una transición pacífica”.

“Es posible que todo se vaya de las manos”

Aunque el énfasis estaba puesto en la posibilidad de un cambio pacífico, en los oídos del gobierno iraní las declaraciones de Tillerson sonaron a la idea de cambio de régimen de la era Bush y al golpe de Estado orquestado por la CIA en Irán en 1953. El homólogo de Tillerson, Mohammad Javad Zarif, devolvió la agresión por Twitter escribiendo sobre la sombra de las investigaciones rusas que pende sobre la presidencia Trump: “Por su propio bien, EEUU debería preocuparse antes por salvar su propio régimen que por cambiar el de Irán, donde el 75% del pueblo acaba de votar”.

Los aliados europeos de Estados Unidos están cada vez más preocupados de que la Administración Trump esté definiendo su postura hacia Irán sin pensar antes en una estrategia para contener la influencia de Teherán en la región. Crece el temor de que las investigaciones sobre su equipo de campaña por los vínculos con Rusia hagan al presidente tomar una postura aún más clara y peligrosa.

Pero en las tensiones crecientes no todo es responsabilidad de Trump. El cambiante campo de batalla en Irak y Siria también está arrastrando a Irán y a EEUU hacia el conflicto. Una vez que hayan caído los bastiones de ISIS en Mosul y Raqqa, todos esperan que se debilite el pacto tácito de no agresión que los dos países han respetado durante la campaña contra los terroristas, el enemigo común.

Según Ilan Goldenberg, exmiembro del Departamento de Estado y del Pentágono, “a medida que ISIS desaparece del mapa se corre el riesgo de que desaparezca la tolerancia que hasta ahora han mostrado entre sí los grupos apoyados por los chiíes iraníes y los respaldados por Estados Unidos. Es un escenario posible que todo se vaya de las manos bastante rápidamente”.

Para Jennifer Cafarella, experta del Institute for the Study of War (Instituto para el Estudio de la Guerra), “un panorama más amplio de lo que está pasando incluye la posibilidad de una guerra después de ISIS, la guerra para controlar el tema de la seguridad tras la toma de Mosul”. “Irán ya se está preparando para la siguiente etapa y ha empezado a tomar medidas para ganarla. Estados Unidos todavía está obsesionado con ISIS como si esa fuera la única prioridad estratégica de la región”, añade.

La decisión de EEUU de abrir un nuevo frente contra ISIS en el desierto al sudeste de Siria con un puesto de avanzada en Al Tanf es un desafío a las aspiraciones de Irán de controlar el corredor este-oeste que une a Teherán con Damasco y el Líbano. Ese corredor pasaría necesariamente por Al Tanf.

Según Nicholas Heras, experto en la región del Center for a New American Security (CNAS), “parece como si Asad, los iraníes y las milicias iraquíes patrocinadas por Irán hubieran decidido impedir que EEUU tenga carta blanca para hacerse con más territorios en el desierto sirio”.

Hasta ahora, EEUU ha reforzado su posición en la zona instalando un sistema de cohetes móviles Himars. Pero no se sabe cuán lejos está dispuesto a llegar para asegurarse el control. El ministro de Defensa, James Mattis, era considerado un halcón con relación a Teherán mientras se desempeñaba como general y sus tropas sufrían constantes ataques de las fuerzas iraníes en Irak. Pero en su nuevo papel, Mattis ha priorizado la lucha contra ISIS y la inminente amenaza de Corea del Norte. Según un artículo publicado el sábado por la revista Foreign Policy, Mattis está resistiendo las presiones de varios funcionarios de la Casa Blanca para pasar al ataque contra las fuerzas del sur de Siria apoyadas por Irán.

Decisiones como la de determinar el número de tropas en Afganistán han sido delegadas al Pentágono. En ausencia de una estrategia global de la Casa Blanca, crece el temor de que las decisiones tácticas del ministerio de Defensa puedan desembocar involuntariamente en un conflicto más amplio.

“Por lo que he podido hablar con miembros del Gobierno de EEUU a cargo de estos temas –señala Goldenberg– no hay nada concreto ni ninguna deliberación sobre el tema, y eso es un problema inmenso. Eso es lo que realmente me asusta”, concluye.

Traducido por Francisco de Zárate

Fuente: eldiario.es/theguardian

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